martes, 22 de enero de 2019

No somos gente amable




La semana del 14 al 20 de enero de 2019 fue desastrosa para Ecuador: la terrible violación en grupo de una mujer; noticias de acoso y abuso sexual de niñas y jóvenes; el fin de semana, un asesinato en plena vía: una chica, embarazada, fue acuchillada por su pareja, quien respondía a una frase escuchada desde tiempos antiguos: “Si no es mía no es de nadie”.

Es horrible ponerlo en palabras. Pero más horrible es saber que pasó.

Eso no fue todo. El asesino mencionado, es venezolano. Y entonces, los ecuatorianos (no todos, pero una importante cantidad) en un arranque de xenofobia se lanzaron a acusar a los refugiados de todos los males. En Ibarra, sitio del  homicidio, se dio una Kristallnacht nacional: varios ciudadanos se lanzaron a “cazar” gente. Familias enteras de desplazados se escondieron, esperando lo peor, mientras la turba furiosa le arrebataba  a esa gente, que ya ha sido despojada de todo, de sus pertenencias.

No soy una persona optimista. Creo que, en el fondo, la vida es un espacio profundamente darwiniano y peligroso. Sin embargo, esta semana me llenó de incertidumbre y horror. Entre todo, en cambio, algo me sorprendió: mucha gente decía en redes “No somos así, los ecuatorianos somos gente amable”.

Y ante el argumento tengo cosas que decir.

Antes quiero señalar que lo que viene no pretende describir a todos los ecuatorianos, en todos los tiempos. No. Simplemente son algunos hechos que como natural del Ecuador, puedo señalar. Y creo que es necesario, sobre todo en estos días.

Amable, del latín amabilis: “digno de ser amado”.

No lo sé. Históricamente no creo que seamos muy amables y amantes. Recordemos que nuestra vida republicana ha estado salpicada de dictaduras, una veintena de constituciones, un presidente muerto a machetazos (García Moreno) otro linchado, arrastrado y quemado en plaza pública (Eloy Alfaro) y varios presidentes que se salvaron por los pelos de caer en manos de una audiencia, justamente, enardecida.

No, históricamente no somos gente de paz.Y ahí viene mi argumento: esto no significa que los ecuatorianos seamos gente perversa; más bien esto señala que, si bien somos capaces de gran altruismo, a veces no somos capaces de conocernos a  nosotros mismos y nuestros males nacionales. El dogma del bien inherente es tan fuerte que no nos permite entender que mucho de nuestro sufrir, querido Bruto, no es culpa de las estrellas, sino de nosotros mismos.

Por eso, cuando hechos como los de esta semana maldita se dan, vemos a otro lado. No es el machismo y la inseguridad: son los venezolanos. No es el patriarcado, son las personas malas. ¿Qué hay qué hacer? Portemos armas libremente, matemos a los delincuentes, hagamos justicia por mano propia. El mito de la bondad hace que nos concentremos malamente en "acabar" con la violencia directa, pero no con la estructural y cultural, como diría Johan Galtung en su triángulo:



Ya, si no somos buenos, toca ver qué hacemos. La respuesta en esta página no se va a encontrar fácilmente, pero creo que hay algo maravilloso sobre la ansiedad y los secretos: cuando se reconocen, cuando se dicen, hay una energía liberadora. Y en ese respirar, en esa liberación, no solo encontramos paz y alguien que nos escuche: logramos tener la claridad de mente para tomar las acciones que se deben tomar.

Por eso mismo, la marcha del 21 de enero en todo el país, no fue solamente una marcha feminista, fue un espacio para preguntarnos hacia dónde vamos como ecuatorianos; una manifestación de nuestras preocupaciones que, ojo, tiene que verse a sí misma (porque todavía contiene a unos pocos sectores de la sociedad), pero que en general sirvió para decir (a todxs y al Gobierno) que tenemos que ser libres de la dominación, del miedo, de la soledad y de la violencia. Y yo, que poco voy a marchas, también estuve.

Porque es necesario
Porque es fundamental.
Porque se lo debemos a aquellas mujeres violentadas. A tantas que no pueden decir nada, o que ya no pueden decir nada. Y también a esos hombres que de a poco se dan cuenta que la cosa no es en su contra. Y a toda la gente oprimida por algo o por alguien: por el racismo, por la xenofobia.

Si no somos amables, sabemos que podemos ser mejores. Tal vez transformemos este horror en la fuerza, la gente, y las ideas para crear un ambiente más seguro para vivir. 

Porque Ecuador es una línea imaginaria. Y la imaginación tiene dos destinos: la utopía o la distopía. 
Como soy aristotélica, sé que no somos ni ángeles, ni demonios; creo que hay un punto medio ahí, un lugar a donde podemos llegar si retomamos el orden, ante la maldad. 

lunes, 24 de diciembre de 2018

Hombres (y mujeres) de buena voluntad


Natividad, William Blake


Vivimos tiempos interesantes, y por lo tanto terribles. 
Y temibles. 

Este 2018 ha sido un año difícil para mí: problemas de salud, procesos académicos que están en la incertidumbre, murmullos y susurros. Hubo planes que no se dieron, planes que se retrasaron, planes que cambiaron; personas que se han ido al Lado Oscuro por necesidad de sobrevivir, o porque simplemente, decidieron transformarse en lobos humanos. 

No me refiero a los lobos-lobos, gentiles criaturas de la naturaleza Hablo de hombres lobo, aquellos tantas veces descritos en la filosofía, la religión, y la ficción. 

Y esos hombres lobo se están tomando de a poco al mundo. Han invadido la política, las calles, las redes. Hombres y mujeres que nos recuerdan esvásticas y hogueras. Hombres que construyen muros, hombres que piden quemar libros e ignorar ciencias; hombres que temen la voz de las mujeres, mujeres y hombres que niegan la existencia de otros por la imposibilidad de comprender la particularidad de su existencia. Mujeres y hombres que roban y mienten descaradamente, y que tuercen la verdad, al punto que ya no la conocemos. 

Es un mundo de incertidumbre; un mundo de gente con miedo, lo que suele llevar a un mundo de gente con odio. No es la primera vez que lo vivimos. La Bestia tiene muchas caras.

Aún soy católica, a pesar de los últimos y terribles desarrollos. Creo que la base pura de mi fe se fundamenta todavía, en la liberación de todos y todas. Por eso celebro la Navidad tradicionalmente. No obstante, de forma no tradicional, recuerdo cada año algo fundamental: celebramos a un niño pobre, a un niño migrante, a un niño que fue perseguido por sus creencias, quien fue un perseguido político, quien estuvo del lado de las mujeres y de los niños; de los rechazados, de los que están en los márgenes. Un niño que vivió toda clase de amenazas, pero que logró triunfar como nadie en la historia humana. 

Por eso, en medio de la incertidumbre, no temo. Y esta idea tal vez trasciende religiones, creencias y no creencias.  Si le quitas la lógica religiosa, estas fechas hablan de renovación, de unidad, y de cambio. La posibilidad de comenzar de nuevo. La idea de que no debemos tener miedo. 

De toda la novena, la parte que más me gusta es la reunión de María y su prima Isabel. Solo en la tercera década de mi vida he podido comprender el significado del Magnificat, ese discurso de la Virgen, una de las más largas intervenciones de una mujer en la Biblia. El microevangelio de María, quien nos describe la naturaleza de lo Divino:

"Hizo proezas con su brazo; desbarató las intrigas de los soberbios.
De sus tronos derrocó a los poderosos,   mientras que ha exaltado a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes,  y a los ricos los despidió con las manos vacías."

Eso es lo que celebramos en estas fechas: la emancipación de los márgenes, el fin de la pobreza, la exaltación de los humildes. La paz en la Tierra para los hombres (y mujeres) de buena voluntad. 

A pesar de la celular reproducción de licántropos, a pesar de la incertidumbre, a pesar de los muros, a pesar de las mentiras, tenemos la promesa milenaria de que, al final,  todo estará bien. 

Hay una estrella que nos guía. 

jueves, 10 de agosto de 2017

Tantos siglos de ciencia para que la Tierra vuelva a ser plana


El "pale blue dot" de Carl Sagan. Sí, la ciencia nos dice que la Tierra es redondita, muchachos.

Ayer leía sobre el manifiesto de este ex empleado de Google, documento que los medios han centrado en las diferencias entre sexos. Se ha convertido en una discusión sobre el feminismo. Creo, sin embargo, que el tema es más complejo: habla de la liquidez actual de la Ciencia y la perpetuación de la opinión como verdad. Y eso me da miedo.
Según este señor, las mujeres tenemos la tendencia a ser ¿neuróticas? (neuroticism) y menos competitivas. Seríamos más "suavecitas". Para esto, pone este paper como prueba: http://www.bradley.edu/dotAsset/165918.pdf

Ahora, si se examina el artículo académico más allá del abstract, se habla de esas características como CULTURALMENTE construidas, no como un elemento biológico determinante. Pero no voy a entrar en detalles. En general el memo de nuestros sabio ingeniero está sustentado en SU OPINIÓN. Por ejemplo señala que las "mujeres son más propensas a la ansiedad" y considera que la empatía, característica feminizada de sentir el dolor del otro, genera "irracionales y peligrosos sesgos" al momento de tomar decisiones en el manejo empresarial.

Incluso hace una tabla de diferencias entre la izquierda y la derecha políticas, indicando que, si bien estos sería extremos imprecisos, los sesgos de la izquierda son la compasión por los débiles, la idea de que las disparidades son causadas por las injusticias, y que los humanos son cooperativos. Indica también que los y las de izquierda son abiertos, idealistas, y creen que el cambio es bueno (la izquierda es inestable). Igualmente, indica que la derecha en cambio tiene un respeto a la fuerza y a la autoridad, cree que la desigualdad es natural y justa, que los humanos son competitivos por diseño. Finalmente, la derecha es pragmática, cerrada y cree que el cambio es peligroso, por lo que es más estable.

Como se observa, el informático es experto también en Ciencia Política. Aunque en un momento señala que ningún extremo de lo que señaló es la verdad, cerca de sus conclusiones indica que "Adicionalmente a la afinidad de la Izquierda por los que ve como débiles, los humanos están generalmente sesgados a la protección de las mujeres" por lo que un hombre, cuando se queja de un tema de género, es visto como un misógino y un llorón.

La compañía lo despidió. Personalmente, no creo que fue una buena decisión. En primer lugar, esto generó un efecto Streisand enorme, al punto que globalmente sus ideas y su relación con la empresa son más que conocidas. Segundo, y esto puede ser controversial, estas ideas, son ideas, y la gente tiene derecho constitucional a expresarlas y defenderlas . Es, y otra vez mayúsculas, SU OPINIÓN.

Eso, su opinión. Ese es el problema.

Y es que las redes sociales nos están entregando expertos en materia de todo. Todólogos que lanzan cualquier idea como verdad absoluta. Los Illuminatis dominan la Banca, la Reina de Inglaterra es un reptil... Todo bien, hasta que señalan que los genocidios fueron falsos, que las vacunas están destruyendo a la humanidad, que la Tierra es plana, que hombres y mujeres somos compartimientos cerrados cuando la ciencia ha dicho ya lo contrario. Les dejo un editorial al respecto de la Revista Nature, la publicación sobre Ciencias Naturales más prestigiosa del planeta, que nos ha enseñado maravillas como el genoma humano: http://www.nature.com/neuro/journal/v8/n3/full/nn0305-253.html?foxtrotcallback=true

Pero claro, me dirán que la prensa científica está tomada por los liberales y la izquierda, que es una conspiración mundial. Que la ciencia y tecnología son discutibles. Que la realidad es maleable.

Tal vez por venir de la Literatura, me he cansado de narrativas extremas. En sí, no temo a la opinión de este informático, porque como dije, puede creer en lo que le apetezca. Me asustan más bien los grupúsculos de redes que quieren un mundo blanco y negro, una ciencia medieval y muñecas inflables en vez de mujeres. Una especie de movimiento underground facho/misógino/homófobo/chauvinista2.0 Gente que decide hacer política pública de su oscuro mundo interno.

Ahí estuvo Pol Pot, ahí estuvo Stalin, ahí estuvieron las dictaduras del Cono Sur. Es el mundo de Hitler.

Hay una fuerte religiosidad en todo esto. La idea de que el mundo y la historia van a parar porque hay gente incómoda con ello. La diversidad es producto de la globalización, la globalización es producto de la ciencia, de la tecnología, de los lazos comerciales y de la movilidad humana; todo esto comenzó con la creación de armadas para la exploración de mundos nuevos, y eso vino de siglos de desarrollo científico.

Estamos en un momento histórico en el que la tecnología nos pone al borde del conflicto. Pasó en la Reforma y Contrarreforma debido a la impresión masiva de Biblias y la llegada de Lutero. Pasó con la Revolución Industrial que llevó a la Revolución Soviética. La pregunta es: ¿nos vamos a cerrar como humanos, comunidades y Estados para provocar enfrentamientos internos y externos? No lo sé. Quiero pensar que la transición será menos dura. No podemos volver al universo de Auschwitz, máquina de matar diversidades.

La ciencia, ES, no se cree. Como humanidad conocemos el horror de una creencia hecha ley, o de la pseudociencia sostenida por esas normativas. Este es el momento de parar esa avalancha.

El documento del ex empleado y discusiones al respecto se encuentra en https://motherboard.vice.com
Otros artículos que referencia:

viernes, 11 de noviembre de 2016

Sobre la oscuridad

Ayer publiqué esto en Facebook, pero creo que debe quedar en este blog. Alguna vez volveré aquí y estará disponible. Un memento de estos extraños tiempos: 
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Gillian Carnegie (Black Square, 2008)

Hoy hablaba con una amiga sobre La Sombra, ese arquetipo de Jung: "La figura de la sombra personifica todo lo que el sujeto no reconoce y lo que, sin embargo, una y otra vez le fuerza, directa o indirectamente, así por ejemplo, rasgos de carácter de valor inferior y demás tendencias irreconciliables."

Pues sí, como ella me decía, es posible que estas elecciones en los United hayan desatado a esa Sombra. Como si lo que pasó hubiera liberado esa agresividad y determinismo que han estado dormidos en los últimos 70 años. Ahora, hay la posibilidad de que salgan. Hay un pretexto, hay una tendencia.

Nunca creí que Hillary fuera la mejor candidata. Tampoco que el movimiento demócrata estuviera en lo correcto, pero esto que estoy viendo y leyendo en las últimas 48 horas me atemoriza. De hecho, acabo de tener un surreal "encuentro" de opiniones con nacionales que me pareció interesante (y agresivo, lo dicho). Él, el hombre naranja y su triunfo, han dado permiso para que las pasiones se desaten, no solo en su país de origen.

Esas pasiones que lo políticamente correcto intentaron, muy malamente y muy estúpidamente, bloquear.

Temo.

"Cuando la sombra aparece como un arquetipo es posible dentro de la posibilidad del hombre reconocer el relativo mal de su naturaleza, pero es una rara y perturbadora experiencia para la persona el mirar el rostro del mal absoluto", dice Jung.

¿Y qué hacemos cuando esto pasa? Jung dice que hay que enfrentar a la Sombra, incluso cuando hay conflicto. Traer su oscuridad inherente a la luz.

Es decir, en estos tiempos de incertidumbre hay que ser mejores seres humanos: escuchar, dialogar, encontrarse, trabajar la compasión. Usar el humor contra la rabia, la calma frente a la irracionalidad. Esto no es la sacarina de lo políticamente correcto: es la raíz de lo que nos hace humanos.
Es lo único que podemos hacer en tiempos de oscuridad.

martes, 18 de noviembre de 2014

Quito y los hombres grises







La tele, el otro día, en uno de mis encierros:
Le preguntaban a la gitana holandesa que por qué había dejado de vivir en una casa
(Su marido le compró una casa, y ella pintó de verde agua la cocina, puso cojines de brocado en la sala, y colocó cantos dorados y cisnes bañados de plata en los baños).
¿Por qué volvió a su caravana móvil? 
¿Qué le hacía falta?
“La libertad”, respondió.
***
Pienso en esto en la mañana, cuando me subo al bus ya en Quito. Otra vez rodeada de bultos y bolsos, y maquillaje a medio hacer y de cepillos redondos que alisan flequillos ochenteros. Es el fin del mundo dirían. 

Pero no es tan así. 

A mi alrededor (fuera del bus, claro) veo chalecos de funcionarios y veo identificaciones electrónicas. Pite y pase, para poder entrar al reino de su preferencia. Ya saben, en donde hemos elegido convertirnos en hombres grises.

Porque Quito se ha vuelto la capital mundial de los hombres grises. Esos fumadores compulsivos, compradores de Ipads, mordedores de uñas, agitadores de traje del Mall, que esperan el fin de semana para gastar los dólares que se ganan asintiendo, esperando, yendo,  toreando las maquiaveladas de los compañeros de trabajo y de los enemigos del jefe, sonriendo a las cámaras, siempre triunfadores. Siempre jóvenes, siempre cool, siempre de farra. Huairapamushcas que ya no se suben al transporte público. 

Y yo también de alguna manera estoy en la danza de los grises, en esta ciudad andina que parece perfecta para novela negra inglesa. Pero triunfamos, compañeros, triunfamos, porque pagaremos la hipoteca y mantendremos a nuestra mascota y a un par de guaguas. Somos parte de la maquinaria de la felicidad que nos vende dólares para poder vivir como en teleserie gringa (con risas grabadas incluidas).

Porque siempre decimos que sí.
Porque callamos cuando vemos.
Porque saltamos de un puente si Él nos los pide (y ese Él tiene muchas caras).
Porque no nos hacemos problemas, porque nos gusta tomarnos la selfie con los panas el fin de semana.
Porque decidir nos asusta. Nos asusta dejar la comodidad de que Él piense por nosotros.
Porque la libertad  es directamente proporcional a la tarjeta de crédito.
Solo cumplimos órdenes.
Porque somos buenas personas, carajo.
***
Y ahí me pregunto si de verdad somos buenas personas. Si tal vez pienso demasiado. Si tal vez soy demasiado jodida y difícil y no entiendo y no puedo, y no me adapto.

Pero cierro los ojos y me doy cuenta que eso es lo que quieren; eso es lo que trabajan día a día en las maquinarias: que la perversidad sea normalidad.

Renunciar a ser gris es no tener nombre, pero no tener nombre significa también no tener nada.
Y no tener nada, significa tener todo.
Y eso se parece mucho a la libertad.




martes, 8 de julio de 2014

La blasfemia de Follett y las marchitas Flores del Mal



El otro día me fui a comprar libros (yay). Por eso, y porque me dio la gana, decidí adquirir Los Pilares de la Tierra de Ken Follett.  Entonces, mientras ponderaba la compra del mencionado mamotreto, a Wild Literato que conozco asomó. Después de los saludos respectivos, me pregunto que si iba a comprar "ESO" (así, con tonito raro, como de asquito).

 Mi última adquisición

"ESO", era el libro del Ken Follet, que de mago literario no tiene nada y que definitivamente no va a revolucionar las letras inglesas. Es un tipo que sabe contar historias interesantes. Nothing else.

Para decepción de mi interlocutor, sí me compré Los Pilares de la Tierra. Ahora, el episodio  me recordó otra vez lo bueno que es haber dejado eso de la "LITERATURA" (con capitular de oro, labrada). 

Para horror de mis padres -y mi futuro horror, porque esa profesión no es precisamente lucrativa-, estudié durante tres largos años Literatura: narratología, tipos de narración, la novela latinoamericana, literatura clásica. Todo eso. Y mientras fueron tres bellos años intelectualmente hablando, debo reconocer que esa época también me dejó ver con facilidad el esnobismo que cuatro libros más o menos leídos pueden producir en el lector. Y no hablo de visiones quijotescas.

Así, en un punto me pregunté por qué carajo hay ficciones de primera y de segunda. A ver, no voy a decir, por ejemplo, que las patrañas con olor a self help de Paulo Coehlo sean un ejemplo de novela latinoamericana, pero ¿quién soy yo para arruinarle la vida a quien disfruta de esos libros? Es ficción. El derecho de perderse en lo irreal para un deleite de ánimo o el espíritu. Y así, lo que hace felices a unos u otros no es de mi jurisdicción. 

Creo que me decepcioné de la academia literaria por esa incapacidad de tocar al “de a pie”, por su inutilidad para comprender el placer del lector menos versado en la métrica o en los temas del teatro griego. Puede que disfrutes de Dickens y tengas escondida en algún sitio de tu casa una novela de Isabel Allende (¡culpable!). Es así, es Literatura, es el hecho de cargar palabras dentro de uno, y eso no puede ser medido con ninguna regla existente. 

Nos quejamos de que nadie lee, luego lloramos porque todo el mundo lee  a la Rowling, al John Green o las novelas tipo Crepúsculo. Nos damos golpes de pecho.  En mi caso, no veo el problema. Es gente leyendo, gente disfrutando de libros. Horror el mundo en que la Literatura es un club exquisito de un grupo de iluminados. Eso hace a lo literario una instancia de poder, y eso no libera, mis amigos.

El viejo Foucault indica que la realidad es una representación discursiva. Si le doy un poco más de cuerda al concepto, el planeta entero es una narración, una construcción cuasi ficticia. Pura Literatura. Por eso no confío en los literatos de almas atormentadas, seguidores Baudelaire y Rimbaud, deshojadores de Flores del Mal.  Están lejos del mundo, están lejos de la Literatura. 

Leer y escribir es un oficio que sí, debe buscar la belleza, pero el momento en que esa belleza se aleja de la gente común (de esos que se han dedicado a vivir la vida, antes que describirla) es un error fatal. Lo estético se vuelve entonces un objeto grande, complejo, BELLO y, muy, muy inútil. 

Y por eso, me reservo el derecho de leer en paz a Ken Follett y a quien, como lectora libre, me de la regalada y feliz gana. Y que Jackobson me perdone.


martes, 7 de enero de 2014

Cortos de vista




  Foto: esacademic.com


Por la presente declaro que Ecuador es un país de miopes.

Pero antes de defender este punto, debo contarles de mi propio defecto visual. Solo se escribe de lo que se conoce. 

Nací con una miopía pavorosa que no me dejaba ver más allá de un metro cuadrado. A los seis años tuve mi primer matrimonio: me casaron con un par de lentes.

El Universo para un miope con -9,50 en ambos ojos es una experiencia interesante. Para nosotros siempre la ventana está sucia o, peor, andamos debajo del agua. Somos seres que estamos y no estamos hasta que nos calamos los anteojos sobre la nariz. 

Por lo tanto, parte de mi pasado está en la nebulosa. Tengo innumerables anécdotas de perder mis lentes o romperlos en los peores momentos. Como comprenderán, antes de los lentes de contacto, la desaparición de mis venerables espejuelos era una tragedia digna de Sófocles. Cada cristal era carísimo, así que me esperaba la hablada de la vida en la casa apenas los perdía de  vista (no pun intended). 

Además, esta particularidad me dejaba llenar el estereotipo nerd: como  no podía perder/romper mis lentes, tenía que quitármelos para hacer educación física durante el colegio. Imagínense hacer educación física cuando no pueden ver más allá de un metro cuadrado. No por nada soy una actriz ranclada.

Los años pasaron y aprendí a vivir con mis lentes, los de contacto y los normales. No contaba, eso sí, con la ciencia moderna. 

Un día, en mi examen anual mi médico me ofreció el lasik. Un toquecito de láser en mis cansadas córneas y sería una niña normal de 26 años. Me negué una vez, dos veces… A la tercera, cuando los lentes que me mandé a hacer costaron x00 dólares pues la medida reclamaba un cristal especial, supe que llegó la hora de ceder.

No les voy a dar muchos detalles de la operación. No recuerdo mucho. Sé que en un momento levantaron mis córneas, y pusieron una cantidad suficiente de láser para que el quirófano oliera a hornado dominguero, y luego me taparon las vistas. Vendas y valium: me hicieron dormir un día entero. 

Aunque el resultado a mediano plazo no fue muy divertido (mi convalecencia reclama otro post), puedo decirles que cuando me quitaron las vendas de los ojos tuve esos momentos de telenovela imborrables. He sentido lo mismo solo cuando me paré bajo la torre Eiffel o cuando vi Las Meninas de Velásquez en vivo y en directo. Cuando me enamoré por primera vez. 

El mundo estaba claro. No recordaba ver el mundo claro desde que estaba en primer grado. Ver, señoras y señores, "miembros y miembras" (pun intended), no es pelo de cochino.

Desde ahí siempre me he quedado con la curiosidad sobre lo que significa observar, mirar, ver. Últimamente, con todo el despiche sociopolítico que sufre Ecuador, de verdad me pongo a comparar la situación con mi cuasi ceguera. Pienso que el país es un miope de alta densidad: puede ver el aquí y el ahora, pero el futuro está tan nebuloso que no sabe actuar, como me pasaba a mí frente al aro de basketball en el colegio. Tenía la pelota y las instrucciones, pero, simplemente, no podía mirar los suficientemente claro para hacer algo. Mi inseguridad era tal que no sabía para donde reaccionar.

Sin embargo, yo desarrollé una capacidad de ver lo que los otros no veían: imaginar cosas. No podía ver la sonrisa de alguien a dos metros de mí, pero sabía (porque así lo sentía) si el gesto era hermoso, forzado o hipócrita. Creo que llegué a ver el mundo con los ojos que ven lo invisible de Saint-Exupéry. 

El Principito siempre tiene la razón. 

Y como solo el corazón puede ver bien, yo creo que a mi país de miopes le convendría un lasik emocional o limpiar mejor los lentes. Darnos cuenta que desde 1830 nos han ofrecido sapos y villanos en forma de Príncipes Azules sin darnos cuenta de las risas forzadas y los ojos falsos. Y no me refiero a líderes o a funcionarios, simplemente, sino también a las gestiones diarias y cotidianas. Deberíamos:

Ver a la mujer embarazada y cargada que no encuentra puesto en el bus porque todo el mundo se hace el dormido para no cederle el asiento.
 Ver al tipo de terno y corbata que se dedica a ponerle el pie a sus compañeros de trabajo pero que se califica de “buena persona y profesional”.
Ver al chamo limpiabotas muerto del calor y el cansancio a las doce del día, mientras la vida le pasa alrededor.
Ver el costo del coctelito de la organización dedicada a salvar el país.
Ver la situación de la persona con otra identidad, otra orientación sexual... Todos los otros, que nadie quiere ver.
Ver, finalmente, que tenemos derecho a más que un sistema construido en castas, clases y cuentas bancarias.
Ver más allá de la sonrisa y la tarima.

Por supuesto, esto se aplica a una ceguera planetaria, no solo nacional.

Tal vez hay que decirles a las cosas por su nombre. No hablo de mundos perfectos. Solo hablo de mundos reales. Quisiera que pudiéramos ver más allá de nuestro metro cuadrado de seguridad.